Cuentos de Peregrino

Un lugar de encuentro con los sueños y las fantasías...

jueves, 20 de octubre de 2016

Día 18: Algo cómico

Cómico ¿para mí o para el lector...?:


Escala técnica

Había comprobado que con ella era capaz hasta de escalar montañas.  El doble cruce de la cordillera en bicicleta había sido una experiencia irrepetible. 
Desde lo anecdótico del “contrabando” de Susana, disimulada dentro del pelotón en el control aduanero de Hua Hum para que pudiera pasar sin los documentos que había extraviado en el campamento la noche anterior; hasta la angustia que provocaba la pendiente del paso de Carririñe. Aquella que había que afrontar sin mirar, de lo contrario la lógica acabaría convenciéndonos que seria imposible hacerlo pedaleando... 
Ahora el objetivo era más modesto, pero seguramente, la experiencia no lo seria tanto. Saldríamos desde Lujan con rumbo a San Andrés de Giles.  Era un marzo agobiante, por suerte contábamos con un vehículo de apoyo que nos seguía con víveres y agua fresca. 
Entre otros conocidos, iban: Manuel, tan bien preparado y trabajado físicamente que la bicicleta parecía un triciclo entre sus musculosas piernas…  Irene, exhibiendo que a los sesenta y nueve años hay muchas cosas que pueden seguir haciéndose… Juliana, portando las curvas mejor dibujadas del país, sonrisa de dentífrico y la mejor técnica para aprovechar y reservar energías.
El sol había comenzado a castigar desde muy temprano, cruzabamos calles y senderos de tierra con muy poca vegetación.  Nos esperanzabamos con llegar al punto y deleitarnos con un exquisito “chanchopan”.  En el pueblo había festejos y un enorme asado donde se cocinaba cerdo de una manera muy particular: sobre chapas, con brazas debajo y por sobre ellas.
Hicimos la primera parada luego de recorrer quince kilómetros.  Sacudimos como pudimos el polvillo pegado a la ropa y aguardamos la bebida fresca que traía el apoyo. A cien metros vi  el único árbol del lugar, pensé que era una oportunidad inigualable para acercarme y cumplir con una “escala técnica”…
Avisé a mis compañeros que iba hasta allí a cumplir con una necesidad primaria. Llegué, dejé la bici sobre la banquina de la calle de tierra; di unos pasos, miré a mi alrededor; nadie me veía… De pronto percibí menos luz, como si se estuviera nublando; luego un pinchazo.  Vi una avispa, grande, negra, con un aguijón que parecía una espada.  Otra y otra y muchas más, y antes que pudiera sentir la satisfacción de haber terminado con lo que estaba haciendo ya estaba sufriendo la picadura de varías de ellas que,  vaya uno a saber porque; se habían ensañado con mi cuerpo.  Levanté mi calza apresurado dejando algunas dentro de ella…,mientras, procuraba volver a la calle. Hacia todo al  mismo tiempo: Espantar las avispas que me atacaban, protegerme de las que me amenazaban, levantar la bici y agitar los brazos tratando de pedir auxilio a distancia a mis compañeros.   Como toda respuesta tuve el mismo movimiento  que yo hacía. ¡Claro  supondrían que los estaba saludando…! Logré subirme y comenzar a pedalear.  Las avispas me abandonaban… Llegué y expliqué lo que había sucedido.   Varios compañeros me ayudaron a quitarme los aguijones…
Me había servido como experiencia para comprobar que, siendo terriblemente alérgico, no lo era a la picadura de avispas (algunos lugareños adujeron que la transpiración, producto de la actividad física, habían neutralizado el efecto…) Que me sentía particularmente revitalizado… y que las salidas y sus experiencias continuarían. Las paradas técnicas en árboles, no.  Una vez más había podido comprobar que cada salida en bici es ¡irrepetible…..!!!!!!!

                                                                  


                                                                                    Peregrino

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