Cuentos de Peregrino

Un lugar de encuentro con los sueños y las fantasías...

lunes, 3 de octubre de 2016

Día 6: Tu anécdota favorita

Mi anécdota favorita está fielmente reflejada en una de mis creaciones más antiguas. Los invito a disfrutarla, despacio, como quien saborea un buen vino...

Las Minas

Por aquellos tiempos las barras del barrio eran un mosaico de nacionalidades. En la nuestra, tal como en el resto, no faltaban “el tano”; “el gallego” y “el ruso”. 
En este caso yo era el nativo.  Simplemente me conocían por el apodo “Zoquete” (por lo cortito, decían…).

La principal diversión era el fútbol de potrero.  Con algo de esfuerzo habíamos logrado comprar unas remeras a las que les hicimos coser unas cintas azules (nunca falta una abuela costurera). ¡Y hasta le pusimos nombre al equipo!: “C.A.D.A”. Club atlético Deportivo Argentino.  Porque si teníamos un equipo de fútbol también teníamos un club, ¿o no?
Casi pisando la adolescencia las actividades empezaron a cambiar.  Las hormonas nos acosaban y, realmente, no nos dejaban descansar en paz.  Habíamos comenzado a salir por las noches, y si bien nos alentábamos mutuamente, no lográbamos concretar nada.   Quizá nos veían muy chicos, ¡eso que ya nos afeitábamos casi una vez por semana!
La solución pareció aparecer a través de Armando (el ruso).  El había empezado a trabajar en el taller del hermano en Pompeya y, según nos confió secretamente, había conocido a una chica que conocía a otras chicas, y que parecía que eran medio “combatientes” y que si podía nos iba a ayudar arreglando una salida.  Imagínense, nos empezamos a hacer la película y como éramos cuatro, los delirios iban creciendo en espiral.  Es que la imaginación daba para cualquier cosa y el que tenía la mejor creación era el más “piola” porque esos delirios entre nosotros no eran más que realidades posibles no tan difíciles de concretar.
No recuerdo exactamente cuando nos dijo que lo había logrado.  Lo que sí se es que nos lo comentó un domingo y el encuentro sería el sábado de la próxima semana.  Fue a Enrique (el tano) a quien se le ocurrió que teníamos que llevar profilácticos ¡como es que ninguno de los otros se había dado cuenta…! Había que ir preparados.  Claro, ahora el tema era quien los iba a comprar y donde… Por suerte Jito (el gallego), dijo saber que en el kiosco del viejo “olorapatas” (sí, lástima que por este medio no puedo hacerles llegar el aroma para que lo experimenten) pero el negocio tenía el apodo bien ganado.
Ubicado el lugar faltaba el candidato: ¿quién los compraría?  Nadie quería hacerse cargo y, por supuesto, cuando nadie quiere todos van… Así que, así cumplimos nuestra primera experiencia comercial, casi sexual.  Todavía tengo en mi mente la imagen sorprendida del anciano y también la forma en que se estiraba sobre el armario para agarrar la caja, que por supuesto, no estaba en exhibición.
Con las mejores ropas, bañados, perfumados y “equipados” emprendimos la travesía.  Sí, bien digo, la travesía porque hacer ese viaje en los desvencijados micros de la “verde” rebotando por las calles adoquinadas era eso.  No obstante, el entusiasmo podía más, y no dejábamos de delirar imaginando lo bien que nos podría ir.
Bajamos después del puente de Pompeya, casi frente al restaurant “La blanqueda” donde almorzaba Armando.
-Es aquí cerca, quedamos en encontrarnos en la otra esquina.
Y allí fuimos acelerando los pasos y agudizando la vista.  Cuando llegamos a la esquina el ruso nos dijo que era allí y sacó un lápiz de su bolsillo, lo quebró en cuatro partes y nos dijo.
-Tomen muchachos: una mina para cada uno…
Creo que las puteadas estuvieron en la punta de nuestras lenguas, pero; creo también que el ingenio de este atorrante nos había sorprendido tanto que, recordando inmediatamente que solíamos gastarnos bromas, reconocimos que nos había superado a todos…..


                                                                                               Peregrino

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