Cuentos de Peregrino

Un lugar de encuentro con los sueños y las fantasías...
Mostrando entradas con la etiqueta Soledad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Soledad. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de febrero de 2013

Desperdicios (Invierno)

Comenzaba la época difícil, aquella donde; además de la crueldad del clima, empezaban a escasear las monedas.  Ella suponía, inocentemente, que ello sucedía porque la gente era reticente a sacar las manos de los bolsillos para mantenerlas tibias.
Se había preparado especialmente para este invierno. Había ubicado un espacio protegido del viento.  Se había procurado unos guantes de lana, a los que les había cortado los dedos para que no se dañaran prontamente en la búsqueda de su  sustento diario y contaba con la compañía de “Pelo” y “Pucho”; dos canes compañeros de hambrunas contra los que se acurrucaría durante las noches más crueles.
Sus períodos la habían sorprendido con la misma frecuencia que esas extrañas sensaciones sobre la zona púbica.  Explorándose había comenzado a descubrir el placer y con este la tendencia a buscar y admirar a los muchachos. Especialmente a uno que pasaba todas las mañanas a primera  hora y que perdía de vista cuando se hundía en el ingreso a la estación de subtes.  Era alto, morocho.  Aún a distancia había descubierto unos ojos almendrados, brillosos.  Caminaba erguido, medio escondido detrás de bufandas y sobretodo.
Había comenzado a esforzarse por mantenerse aseada.  Con el cabello más o menos peinado, vestía las mejores prendas que había podido rescatar.
Tenía, ahora, un nuevo motivo para esperar cada amanecer.  Verlo, volver a descubrirlo, mirarlo, seguirlo, desearlo…
Cada día intentaba aproximarse un poquito más. Sólo esperaba que, en algún momento y por algún motivo el la viera.
Así sucedió, o se había acercado demasiado o por otro motivo él había volteado y la miraba.  Paralizada observó como se quitaba su guante, introducía la mano en el bolsillo y extendía su brazo para alcanzarle unas monedas… Recibir sin pedir fue suficiente para comprender y saber cual era la condición que la condenaba…



                                                        Peregrino

martes, 15 de mayo de 2012

X e Y


  
Juanjo sostenía que nadie que no haya pasado por la sala de preembarque de un aeropuerto conocía verdaderamente la soledad.  Así lo percibía cada vez que repetía el rito de despedir a los suyos y transponer esa puerta que lo dejaba solo hasta el regreso… 
Allí estaba, una vez más, leyendo el periódico y esperando el aviso de embarque cuando un aroma a fresias desvió su atención.  Entre la parte superior de la página del diario y su máximo ángulo de visión se desplazaba una hermosa tela violácea escoltada por un desfile de cabellos rojizos al viento…  Semejante conjunción lo forzó a levantar la mirada y verla completamente: Alta, esbelta, larga cabellera, ojos verdes coronados por un par de lentes ejecutivos.  Portafolio en mano se desplazaba como por una pasarela…  Su sorpresa se completaría, más tarde;  al comprobar que la azafata le indicaba el asiento contiguo… 
El decolaje fue sereno y luego de agradecer el cambio de pasillo por ventanilla la conversación comenzó a desarrollarse como si fueran viejos conocidos. Ambos estaban en viaje de trabajo y compartían destino: Chapelco. 
Un breve temblor de los recipientes sobre las bandejas de desayuno y el aviso de cinturones de seguridad rompieron la armonía y comenzaron a hacer preveer el anuncio del ingreso a zona de turbulencias… Habían perdido la visión de la inmensa alfombra cuadriculada en diversas tonalidades de verdes y marrones y la del celeste infinito.  Ahora todo era nubes y, cada tanto, un resplandor seguido de un poderoso estruendo.  En estas situaciones la posición a la altura de las alas no es la más conveniente, simplemente porque eso que nos da la seguridad del sustento comienza a dar la peor sensación de fragilidad.  Fue en ese momento que, concientes o no; ambos se aferraban fuertemente de las manos.  Sujetándose de tal manera que ni siquiera el dolor que provocaba la presión de las alianzas impidió que continuaran así.   Por pericia del piloto y porque así estaba escrito, luego de media hora las condiciones volvieron a normalizarse.  Pero ellos continuaban tomados de sus manos y ninguno intentó desanudar aquello que el destino, las coincidencias, causalidades ¡Vaya a saber que…! parecían haber atado.  Fue allí cuando Juanjo le preguntó el nombre, y tuvo como respuesta: "X; llámame X..."  Unos suficientes segundos de (sugerente) silencio y luego: “Ximena”…  Comprendió inmediatamente; por ello respondió: "Yo me llamo Y…"(breves segundos…), "Yoel… " El juego había comenzado.  Continuó con los datos del destino y otra sorprendente coincidencia: Se alojarían en el Hostal del Sol… No fue necesario coordinar nada. Luego de una agotadora jornada de trabajo compartieron la cena, el café en el jardín a la luz de las estrellas, la habitación, la almohada, la alfombra y el vértigo del sexo más feroz e interminable, aquel que hubiera hecho sonrojar hasta a Arjona…
Cada uno de los siguientes cinco días volvió a repetirse  esa secuencia que parecía escrita de antemano, no había búsquedas, solo encuentros. Nadie se atrevió a hablar de sus vidas, solo existieron ellos y sus momentos; como si la tormenta se hubiera prolongado en una agonía que hiciera preveer el fin para ambos, aquel que les anunciaba que estaban el uno para el otro: allí y ahora. ¿Después…? ¿¡Quién se atrevería ahora a pensar en el después…?!
Las coincidencias llegaron hasta el vuelo de regreso, esta vez en asientos separados, como previendo el final de tantas casualidades…
El hall de desembarco, otra vez la soledad antes del reencuentro; el de cada uno con los suyos… Ellos serían siempre el recuerdo del  casual y maravilloso encuentro entre X e Y…



                                                                                   Peregrino
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...